Big data, genómica y los grandes retos de la sociedad de la información

El presente artículo se publicó en el Anuario de Bioética y Derechos Humanos (2019) del Instituto Internacional de Derechos Humanos, capítulo para las Américas, dirigido por Eduardo Luis Tinant.


Autores: Patricia Sorokin et al.


Introducción


Las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TICs), han hecho que la Humanidad multiplique exponencialmente la cantidad de información a la que accede, la que produce, transfiere y almacena en datos, así como que procesa –ya sea en forma primaria o secundaria–, con diferentes objetivos. Según anticipo la Asociación GSM (GSMA Global System for Mobile Communications Association), que agrupa a operadores de dispositivos m viles y compañías relacionadas, dedicada a la articulación interempresarial y a la promoción del sistema de telefonía a móvil, en el año 2018 el 71% de la población mundial tenía al menos una suscripción a una cuenta de telefonía móvil. Cada dispositivo, sin contar ordenadores móviles o computadoras domiciliarias, realiza constantemente transacciones digitales que generan datos, y que se almacenan en grandes bases de datos.


La gran mayoría de las estructuras lógicas, programas y servidores que albergan esas enormes masas de datos, pertenecen a megaempresas lucrativas, que cotizan en bolsas de valores. La plataforma Google Drive alberga información de la mayoría de las agencias estatales, que incluso en sus portadas recomiendan su uso, como el Sistema Integrado de Información Sanitaria Argentino SIISA.


Empresas como Apple, Google, Amazon y Facebook, entre otras, se ofrecen al público para ingresar datos, sin advertir que los mismos son recopilados, almacenados, analizados y vendidos a diferentes empresas para modelaje de consumo o para lo que los organismos de seguridad consideren importante. Hasta hace unos años, la mayoría de la información estaba impresa en papel y era almacenada en libros, biblioratos, carpetas, fichas y agendas, entre otros medios. Mundialmente se había desarrollado un sistema de registro, cuidado, propiedad y autor a sobre esos formatos impresos, generando toda una estructura de gobierno de la información, ligada al registro en papel.


Ante la evolución tecnológica, los Estados fueron realizando en sus sistemas jurídicos las modificaciones y actualizaciones necesarias para custodiar la producción de información. La situación se mantuvo bajo una actualización controlada, hasta la llegada de la denominada Era de la Información o Era Digital. Con la multiplicación de dispositivos, ya no centrados en la oficina o el hogar, sino en el individuo, cualquier persona se transforma en productor/a de datos; pasamos de la información emitida o generada por autores/as bajo respaldo institucional, o directamente de las instituciones mismas (el trabajo, la casa, el gobierno, la editorial, el periódico, la academia), a la producción atomizada, sin respaldo, sin proponérselo, incluso no percibida y anónima.


A todo esto, se sumó el aumento exponencial de la capacidad de almacenamiento digital, los procesadores de mayor potencia, la transmisión automática de datos, hasta incluso, en el último tiempo, el “aprendizaje automático” (machine learning). La necesidad de contar con una cuenta digital personal asociada, como el correo electrónico y la geolocalización o la georreferenciación, posibilitó, además, la asociación de toda la información con una persona física, en un lugar determinado. En la actualidad es fácilmente posible, saber qué hizo una persona en los últimos diez años, dónde estuvo y cuándo, qué transacciones efectuó, con quién se encontró, por cuánto tiempo realizó determinadas actividades, qué compró o qué quiso comprar, en qué gastó, y mucha más información, almacenada digitalmente.


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